Itineraria de reflejos, lírica y melancólica, dejo parte de mí en cada paisaje que visito, pero no hallo donde quedarme.. empapado, continúo mi camino, a donde quiera que dé.

lunes

Amanezco reventaíco, me pesan hasta los pelos de las piernas, y el sol parece que trabaje a destajo y ande mal de pasta, hoy va a calentar lo de dos días, no aguanto ni medio paseo.
Así que, tras comprobar con sorpresa que en las txosnas no hacen bocatas por las mañanas (qué tiempos aquellos en que uno podía desayunarse con un bocata de bacon a las siete de la mañana y seguir con la fiesta), entro en un bar, me hago con un bocadillo de tortilla de esos que en vez de huevo llevan plástico (un amigo me discutía una vez que no podía ser plástico, que el plástico no se dobla así, que tenía que ser goma, pero a mí me sabe a plástico) y me siento al viejo estilo: una pata pacá, la otra pallá, y el resto ande caiga.

Me saluda sonriente un pies negros que aparenta diez años más que yo, así que tendrá mi edad, con una camiseta de la formación original de Iron Maiden, blandiendo con orgullo una litrona. Le sonrío encogiéndome de hombros, con mi expresión de "es lo que hay", y se acerca a estrechar mi mano. Tiene los dedos increíblemente robustos, construcción o metal, al soltarme veo que le falta un trozo de pulgar, metal seguramente.
Se va hacia una preciosa africana que hace trenzas en el pelo y se le ofrece para practicar, a ella le hace gracia la ocurrencia (el tío tiene una cara simpatiquísima) y acepta.
Ahí, sentado en el solysombra, con una negrita acariciándole el pelo y su cerveza en la mano, hay un hombre feliz.

Entro a tomar café en el New Inn, un local exquisitamente decorado por un esquizofrénico. Lo flipo. Y como no recupero la suficiente chicha, me pido un delicioso helado en Urrestarazu, donde atiende una mujer encantadora, y me lo llevo al punto cero, donde me alcanza la noche aún escribiendo.

El punto cero (si es que lo cuento todo) es un esquinita apartada con un significado muy especial para mí (esto no lo cuento, mira), un pequeño remanso de calma a cuatro pasos del bullicicio. No tengo ni idea de feng-shui, pero ahí confluyen "cosas".
Y siempre me regala alguna anécdota. Como oír que un padre le dice a su hijo que rechupetea un helado
-Qué contenta va a estar tu novia cuando crezcas, hijo, con lo bien que chupas..
O que me venga a pedir un euro para el bocadillo un yonki vestido de marca, que sólo sus calzoncillos le dan para comer una semana..
O que a su compañero, que hace un rato dormía con la cabeza colgando, le grite un sintecho
-Y a mí qué tu puto gramo de caballo! Te lo regalo!..
O que se me acerque un africano a pedirme un momento el boli para hacer una quiniela..
O que llegue una pareja en un scooter de dos y medio y al parar le den a un mojón de hierro y ella grite porque se ha hecho daño y el marido (hay que estar casado para tener esa reacción) compruebe si el apoyapiés ha sufrido algún rasguño y ella sólo acierte a decir
-Relájate, majo..
Todo eso, en una tarde.

Ya de noche, escucho cómo los fuegos retumban contra los edificios desde la otra punta de la ciudad. Es curioso, no se puede jugar a baloncesto a partir de las diez porque se hace ruido, pero el ayuntamiento puede organizar semejante estruendo de diez y media a once.
Pero bueno, es el mismo ayuntamiento que manda cerrar los bares a las tres y luego justifica la apertura del comercio en domingo "porque el consumidor lo demanda"..