Itineraria de reflejos, lírica y melancólica, dejo parte de mí en cada paisaje que visito, pero no hallo donde quedarme.. empapado, continúo mi camino, a donde quiera que dé.

El cielo se va poblando de oscuras nubes bajas que roban al aire su luz, parece que anocheciera antes de tiempo. La ciudad se inunda de un triste gris, desamparado y yermo, parece que se prepare resignada a la inclemencia. Un destello rasga y enciende la temprana noche, como si fuera retratada a traición, sorprendida por el flash de un fotógrafo oculto. El largo e intenso estruendo de un trueno retumba en las esquinas y callejones haciendo temblar el aire y volviendo la ciudad pequeña, insignificante, como un diminuto belén al desamparo de las bombillas intermitentes. Durante un instante, hasta las almas se sacuden en un chasquido violento, el valor se cancela, el arrojo se hipoteca, todos son nada, y se sienten menos. Las primeras gotas, gruesas y rotundas, se estrellan contra el asfalto y las baldosas de la acera salpicando sonoramente, como amenaza o advertencia de lo que se avecina. Los transeúntes aceleran el paso, mejor encontrar refugio antes de que arrecie. En un momento, insuficiente para la reacción, nadie por advertido se ve preparado, las gotas se multiplican y levantan la voz en un coro uniforme y monótono, en los bordillos se dibujan regueros que arrastran la suciedad del asfalto, el ruido en los capós y tejados de los coches hace que sus ocupantes se encojan de hombros y escondan ligeramente la cabeza, en un acto reflejo, recogiéndose en sí mismos, achicándose..
De esquina a esquina, dos miradas se cruzan por primera vez, a través de una ráfaga de húmedo viento.