Itineraria de reflejos, lírica y melancólica, dejo parte de mí en cada paisaje que visito, pero no hallo donde quedarme.. empapado, continúo mi camino, a donde quiera que dé.

Como la roca
ve pasar la vida
alrededor de sí
Como la ola
cabalga hasta la orilla
para morir allí
Como la luna
dibuja la silueta
de cada nube gris
Como cada luz
proyecta una sombra
cada orgullo disfraza un desliz

Huye!!
Leve como tu sonrisa
el dolor

Como el sol
seca el rocío
que amanece en mi jardín
Como dos
cazadores furtivos
que se cazan entre sí
Como yo
que cuando no estoy contigo
siento que estás sin mí
Un adiós
aunque no sea dicho
se sabe hacer sentir

Huye!!
Leve como tu sonrisa
el dolor

Como un tren
encadenado a un camino
del que no sabe salir
Como un dios
enfrentado a un destino
que no quiere asumir
Como yo
que cuando no estoy contigo
siento que estás sin mí
Como cada luz
proyecta una sombra
cada orgullo disfraza un desliz

Huye!!
Leve como tu sonrisa
el dolor
Hoy no ha cogido
el tren.
Y me preocupo.
Por mí.
La lluvia,
llueve.
No pretende ser charco,
ni humedecer la tierra,
ni oler a hierba mojada.
La lluvia, llueve.
Y aunque la hagamos responsable
de inundaciones y riadas,
es nuestro empeño
en no asumirla
el culpable.
Porque la lluvia, llueve.
Y sólo llueve.
Y eso es
lo que la hace
la lluvia.
Vino por detrás
para taparme los ojos
y con voz risueña preguntar
-¿Quién soy?
Sonreí
al reconocer todas las voces
que alguna vez me nombraron
con cariño
y respondí
-Quién va a ser...
la vida.

En la plaza
de Gato Pérez
hay un árbol desnudo,
un banco pequeño,
un motocarro que nadie arranca
y una sonrisa
perenne.
en Gràcia
Abro
la ventana que da
a ninguna parte,
esta triste ventana.

Vuelvo
a los nombres que me duelen
con la intención
de sonreírles.

Cada sombra nace
de una luz
y todo es un poco
como un juego.

Nunca sabes
cuándo va a surgir
la magia,
esa chispa que te reconforta
y te reconcilia
con la vida.
Mi verso,
humilde y delicado,
vuela
como vuela una sonrisa
o la caricia de una mirada,
buscando
el camino de alma a alma
con su aleteo de mariposa,
esperando el momento
de posarse.
Hace horas que ha amanecido pero, desde el tren, la luna aún parece supervisar el despertar del valle.

.

Primera mañana
del año,
los abrazos de los míos
se amontonan entrelazados.
Una paloma
se aposta en el balcón,
hoy
buen día
quiere decir buena vida.
Salgo a pasear
mi sonrisa
por el barrio...
Última tarde
del año,
el sol bajo y calmo
en los edificios,
una paloma vuela
bajo el puente de la autopista.
Se me dibuja
una sonrisa leve,
todo está bien,
por hoy.
Mi patria
es un muro de piedra
pequeño,
que puedes saltar
cuando quieras.

hallelujah

Frágil, casi diría menuda, ocupó el escenario como si aún pidiera permiso para hacerlo.
-...sólo digo la verdad cuando canto.
Nos dijo que iba a hacer un par de versiones, porque sentía que sus canciones aún no estaban preparadas. Se equivocaba. Da igual quién fuera el elegido para escribir aquellas canciones. Esa noche, fueron suyas. Y con su dulce y limpia magia, con su verdad, las hizo nuestras.
Ya en los primeros arpegios, algunos reconocimos la pieza. Y cuando comenzó a entonar la melodía, sonreímos como niños viendo amanecer.
Su voz era su mirada, todas nuestras miradas, arrullándonos, era un bebé pidiendo mimo, éramos bebés recibiéndolo.
En el primer estribillo, nació del público un coro tímido, suave, cariñoso como sábana cálida.
Al acabar, todos nos sonreímos (algunos enjugábamos lágrimas), reconociéndonos en la emoción, envueltos en toda la gama de colores, y entendiendo, acariciados como cachorros, que todos los colores son eso: color.
No sé su nombre, ni conozco, ahora mismo, manera de hacerle llegar mi agradecimiento. Pero ese estribillo viaja ya en mí, y a menudo asoma con una sonrisa sanadora.
Barcelona, diciembre de 2014
Cuando vendas barato
tus recuerdos,
cuando ya no busques
qué aprender.
Si te sabe todo
un poco a viejo,
di mi nombre,
ahí estaré.

Cuando apagues la luz
para no ver el espejo,
cuando te vistas el alma
del revés.
Si te sientes
un poco más pequeño,
tú di mi nombre,
ahí estaré.

Cuando rompas, llorando,
tu silencio.
Cuando quieras
y no tengas a quién.
Si te duele tanto
que te impide el movimiento,
di mi nombre,
ahí estaré.

Cuando pese como un mundo
el tiempo.
Cuando ya no esperes
amanecer.
Si precisas de alguien
que te acompañe al infierno,
sólo di mi nombre,
ahí estaré.

Ahí estaré,
como el arpa en un rincón olvidada.
Y volveré
de tu balcón, mi nido a colgar.
Ahí estaré,
con la gaviota que se equivocaba.
Tú sólo di nombre,
ahí estaré.

A veces no veo
más que mi ceguera.
Y no encuentro,
no consigo encontrar
la salida.
A no ser
que abra los ojos.

Entonces os veo.

Cada pena, cada alegría,
cada paso dado,
cada paso por dar,
cada lucha, cada esfuerzo,
como un hilo que nos liga
sin nudos,
como una gran ola
que nos lleva hasta la orilla
y nos deja esperando
a que la siguiente ola venga
a bendecirnos con su agua.
Cada golpe, cada susurro
se vuelve latido,
pulso de la vida.
Cada sueño cumplido
ilumina el camino
de los que aún están por cumplir.

Cada peldaño es escalera.

Abro los ojos,
los brazos, las manos,
abro el alma hasta que duela
de alegría.
Y es entonces
cuando siento
viva
la Poesía.
Como una telaraña
entretejida en el pecho,
que impide respirar
con certeza.
Como cien quejidos
cristalizados en la garganta
que les impidió salir.

Una amenaza, un grito...

Como un alambre de espino
en el corazón,
cada latido duele.
Como un temblor en las manos,
que las obliga
a firmar torcido.

A veces, sólo una mirada, un gesto...

Como mil llagas eternas
en el caminar,
siempre indeciso.
Como muros de hielo
rodeando el alma,
que la encogen
hasta el más diminuto infinito.

Un golpe. Un sólo golpe...

Y todas las historias desaparecen
en una mancha indeleble,
en una cicatriz abierta
que perdura,
como una telaraña
entretejida en el pecho,
como cien quejidos
cristalizados
en la garganta,
como un alambre de espino
en el corazón,
como un temblor en las manos,
como mil llagas eternas
en el caminar...

Como muros de hielo, rodeando el alma.
Los niños llenan de gritos y vida la plaza, inventando su mundo, compartiéndolo a borbotones. Las palomas pican el suelo ajenas al bullicio, mientras los adultos en las terrazas se despistan en sus historias tibias.
Somos tan pequeños...
Apenas una chispa,
un destello.
Es tan breve este camino
que a menudo decimos largo...
Y sin embargo,
es tan grande el dolor, a veces,
tan absoluto...

Somos
un punto en la eterna línea
que la vida dibuja.
La brizna de aire
que desplaza la hoja
al caer en otoño.
Un instante,
un preciso momento.
Y sin embargo,
es tan grande un abrazo...

No somos
más que una mota de polvo
en un viento que no cesa.
Una lágrima
entre todas las lluvias llovidas
y por llover.
Y sin embargo,
es tan grande una sonrisa...
Tu sonrisa...
Se llama Mar. Su conversación se desliga en hilos que a veces no anuda, plena de deliciosas referencias a canciones y libros de toda índole, y a menudo se interrumpe con cualquier estímulo que el momento le proporcione, disfrutándolo todo con la pasión de un cachorro.
Ha viajado tanto que no sabe de dónde es, pero sí de cuándo: de ahora. De un ahora preciso y eterno que colma con todos los pasados habidos y todos los futuros por venir.
Sonríe con una pena dulce, y su voz, grave y arenosa, suena cargada de ternura y cariño. Mezcla catalán, inglés y castellano, y me cuenta que hacía mucho tiempo que no venía a sentarse al sol a su plaza favorita: la de la Revolución.
Gràcia, 12 de noviembre de 2014
Todas las músicas olvidadas
como hojas muertas en el camino,
melodías hace tiempo no pronunciadas,
adagios eternos,
como polvo en el campo yermo.
¿Cuántas veces dije
"ya no más"?
Perdí la cuenta.
¿Cuántas veces me juré
a mí mismo
que no se iba a repetir?
Pero va pasando el tiempo
y me debo convencer
que no esquivo
aunque lo intento
y vuelvo a caer.

He perdido una partida
que no llegué a jugar.
Olvidé todo lo que ya sabía,
me volví a defraudar.
He bailado tanto al borde
de un abismo que ignoré
que he perdido el equilibrio
y vuelvo a caer.

Rodeado de la nada
y vacío mi interior
no amanece, no hay mañana,
sólo noche alrededor.
Me abandono a mi destino,
no hallo nada en qué creer,
reconozco mi camino
y vuelvo a caer.

Ya no importa lo que diga,
sé
que vuelvo a caer.
La piedra.
No la estatua,
la piedra.
La estatua sólo es
la huella que el hombre pretendió.
Como las marcas de bala
en el paredón,
o el paso que quiebra
la hierba virgen.

La noche.
No la sombra, ni la penumbra,
la noche
en un bosque del norte,
oscuridad absoluta
sin luna ni estrellas.

El dolor.
Ese llanto en el alma
que duele físicamente
y te impide ser otra cosa
que no sea
dolor.
El estruendo
tremendo y rotundo
de romperse.

Y después,
renacer,
recrecer,
reconstruirse
hasta llenarse.

Y volverse a romper.

Todo por encontrar
la piedra
Cierra los ojos, mi niña,
quiero decirte algo
y si me miras
no encuentro las palabras.

Quiero decirte
que he visto un mundo
ahí afuera
árido, antipático
y no me gusta.
Que soy
pequeño y humilde,
que no llevo paraísos en los bolsillos
ni conozco llaves para el cielo.
Que la luna está ahí arriba
y yo no sé bajarla.
Que el mar es el mar
y yo
sólo un bichito.

Quiero decirte, mi niña,
que he visto un mundo
aquí adentro
y me gusta.
Y tú eres
con quien quiero compartirlo.
Que he visto un mundo
en ti
al que quiero pertenecer
ahora,
ya.
Quién sabe hasta cuándo.

Que te amo hasta donde sé amar
y que siento
que sólo sé hacértelo ver
en un beso
o un abrazo.
Que sabes,
porque lo sabes,
que a gusto habría dado la vida
por ahorrarte
aquella lágrima.

Cuando ahora abras los ojos,
mi niña,
si, por el motivo que sea,
deseas hacerme feliz...
Sonríe.
Nací, me crié
en un lugar que ya no existe.
Quizá por eso
mis ramas
necesitaron
tocar el suelo.
Ayer un cuervo
llegó al barrio.
Apostado frente al balcón,
parecía observarlo todo
con indiferencia.
Hoy una urraca
vuela divertida
de antena en antena.

A la vuelta de siete esquinas
de la puerta que da a mi colchón,
la ciudad ruge
en su desasosiego.
Frente a mi ventana, un sutil vientecillo
zarandea las hojas secas.
Ocho campanadas
acarician la piedra
con el mimo
con que una madre
despierta a su niño
cada mañana.
Una voz
suave
como una sábana de verano
nos despereza,
sonreímos al nuevo día
y nos vamos,
camino
del campo de almendros.

Rupià, julio de 2014
Que cada día
un verso mío
alcance a donde debe,
un alma.
Que cada mañana
el sol me descubra
sonriendo.
Que los caminos
no me lleven,
que me acompañen.
Que algo de mí quede
en el lugar que abandono
para saludarme
en mi regreso.
Que a donde arribe
pase a ser mi sitio,
pues allí es donde soy.

Y que, alguna vez,
en tu sonrisa
se vea reflejado
mi recuerdo.
El desconocimiento
del ser humano
es más duro que la piedra.
Y lo lanza
contra ella,
y la rompe,
y la destroza
en mil pedazos,
y muere en el empeño,
sólo para demostrar
que el desconocimiento del ser humano
es más duro
que la piedra.
pl. Felip Neri, Barcelona